miércoles, 22 de noviembre de 2017

LA UTILITARIA FERIA DEL LIBRO DE GUADALAJARA



A mis amigos de Partidero


Para los lectores participar en una feria del libro es asistir a una fiesta de la cultura, en la que encontrar editoriales y ediciones difíciles de localizar en los lugares habituales de venta, es un privilegio. Conocer además a los grandes personajes de la literatura actual o escucharlos en sus disertaciones, es algo que no se puede despreciar.


Como contraportada es difícil imaginarnos la manipulación comercial y de poder que existe atrás de la venta de un libro. No es fácil entender como un objeto de cultura se convierte en un instrumento de consumo, por otro lado es de sentido común que el nivel de cultura de una sociedad se mida por el número de libros que lee, concepto fácil de desvirtuar si se lleva al espacio del esnobismo y la superficialidad, convirtiendo en moda la asistencia a la feria del libro, en lugar de su lectura. Así, el mercado de los libros se beneficia de una sociedad sin asumir como obligación la mejora de su nivel educativo y cultural.

A treinta años de la creación de la Feria del Libro no se aprecia un cambio en la sociedad jalisciense en su nivel cultural, que debiera manifestarse como indicador elemental en su gusto por la lectura. Una comunidad dañada de por sí por la  educación masiva y burocratizada, a lo que se suman los intereses mercantiles de la industria editorial y la voracidad del grupo de poder universitario.

Al margen de cualquier criterio, el mercado del libro debe darse y desarrollarse dentro de ciertos parámetros de honestidad. Cuando se utilizan recursos públicos para mejorar la vida cultural y educativa la aplicación presupuestal es honesta, caso contrario si se canalizan para mejorar las ventas y apoyar a los comerciantes estamos ante un desvío, entre otras razones porque además de realizar una simulación cultural se afecta la lógica del mercado.

La Feria Internacional del Libro, patrocinada por la Universidad de Guadalajara, puede servir de referente. Convertida en un éxito comercial a través de la comunicación manipulada, en el que los autores siguen el guión que les dictan sus casas editoras y que bajo un trato indigno son obligados a expresarse como estrellas de espectáculo.

El referente más claro de la estructura de intereses que opera tras bambalinas --y que se puede apreciar, por su influencia y cercanía con quienes dirigen la Feria Internacional del Libro--, es el GRUPO PRISA, empresa española que abarca diferentes ramas de los negocios, destacadamente la editorial. A este grupo han pertenecido las editoriales Alfaguara y Santillana, además del influyente periódico español “El País”.

Ligada al periódico y las editoriales se creó la Cátedra de Estudios Latinoamericanos, cuyo comité lo integraron Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Felipe González. Los dos primeros fueron claves en la creación de la Feria Internacional del Libro, generando vínculos entre el factor real de poder de la Universidad de Guadalajara y la familia que ejercía el control de las editoriales españolas, además de otros grandes negocios.

Otros personajes de menor rango que intervinieron en el sostenimiento político y de imagen del grupo de poder de la universidad, con las banderas de la izquierda y la cultura y que hace negocios a costa de la calidad y los fines de la educación superior desde hace décadas, fueron Carlos Monsivais y Miguel Ángel Granados Chapa, quienes lo apoyaron sin reserva desde distintas trincheras, entre otras las páginas de la revista Proceso.

La Feria Internacional del Libro que año con año se realiza en Guadalajara, representa beneficios comerciales óptimos para las editoriales españolas. Entre los mayores beneficios se encuentra la legitimación de Editorial Santillana que ha tenido un excelente mercado en la venta del libro de texto en México, convirtiendo al gobierno federal y por consecuencia a los alumnos en clientes cautivos que generan enormes dividendos, amén de la versión oficial de la educación impuesta desde las oficinas públicas.

En lo que se refiere a negocios ajenos a los libros pero que son utilizados para su comercialización, el grupo ha controlado en México un sector importante de medios de comunicación como las radiodifusoras, a través de las que ha influido y chantajeado decisiones del gobierno federal en su beneficio.

Fue evidente el nerviosismo del grupo económico PRISA a consecuencia del debilitamiento de Raúl Padilla López, ante las severas críticas por su intervención y manipulación ilegítima en la administración universitaria, exhibida en la confrontación con el Rector de la Universidad de Guadalajara Carlos Briseño. El grupo español  no dudó en utilizar el periódico El País para apoyar al grupo de poder de la universidad a través de editoriales que elogiaban desmesuradamente a la institución y la Feria Internacional del Libro, con el fin de sostener la hegemonía del líder ilegítimo.

Difícil de comprender y asimilar también fue la actitud de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes al apoyar incondicionalmente a quienes depredan con los limitados recursos de la universidad pública. Posición cimentada en la falsa premisa de que su posición de izquierda legitima cualquier desviación presupuestal e ideológica. Cuyo origen desvirtúa a su vez moralmente el concepto de solidaridad social.

No se debe ignorar la actitud y conducta de los personajes que disponen del dinero público para invertirlo en asuntos no claros ni honestos. Si los dineros están destinados para la educación superior y se invierten en promociones de empresas que ya de por si obtienen ganancias estratosféricas en mercados controlados como el de la educación, es una inmoralidad.

No debe minimizarse tampoco la conducta de los gobiernos de distintos signos partidistas, que disponen de los recursos públicos para entregarlos a las inescrupulosas manos de la Feria del Libro, como los gobiernos federal, estatal y municipales, a cambio de ser participes de un festival comercial ajeno al beneficio social, vestido de cultura.


La falta de claridad en la aplicación de los recursos lleva la sospecha fundada del  mal uso de ellos, además de desvirtuar la función universitaria y deteriorar la imagen de una institución que no lo merece. La Feria Internacional del Libro debiera ser eso, una feria en la que la participación de las empresas editoriales se diera sin paternalismos presupuestales. En la que los lectores disfrutasen sin la sensación de que participan  de un fraude en el que el perdedor es el ciudadano jalisciense, que sacrifica sus propios recursos públicos en especial de la educación superior, en beneficio del boato y los negocios mercantiles.

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